¿Para qué lee tanto? Una vez me lo preguntaron. Estaba en el rato libre que tenía después del almuerzo en el tour y un compañero me hizo la pregunta.

No la hizo peyorativamente, ni en forma de burla, fue una pregunta honesta, de sencilla curiosidad. Venía acompañada de un “Yo siempre la veo a usted, cuando termina el almuerzo, que se sienta a leer y leer y siempre me pregunto… ¿Para qué lee tanto?”

Y quizás fue la primera vez que yo misma me lo pregunté así, con ésa misma curiosidad.

Mi respuesta fue un poquito más compleja, -pero no tanto como este post- “Usted me ve ahí sentada en silencio, soy una mujer de cuarentas, en una playa de Centroamérica, gordilla, morena, latina… Pero por dentro, en mi mente, cuando estoy leyendo, soy un guerrero vikingo partiendo cabezas con un hacha… o una monja, rezando en una celda aislada, o un investigador de lenguas antiguas descubriendo leyendas en la mitad del Amazonas”. No sé si me entendió, difícil explicarle éso a alguien que no lee.

Sin embargo, viendo que, -parece mentira- estamos en una sociedad que aún se revuelve entre discriminación y prejuicios basados en creencias míticas, quiero elaborar la respuesta.

Leo porque me abre la mente.

Y abrir la mente es el único camino que he encontrado que, en efecto, me hace libre.

Comencemos por el principio:

La mente, esa gigantesca desconocida, tiene la cualidad de ser infinitamente elástica. Crece conforme reconocemos ideas, las cuestionamos y formamos las propias. Se constriñe si le sembramos prejuicios, creencias limitantes, ideologías ajenas. 

Si, se constriñe, se reduce… se hace pequeñita y tiesa. 

Y ¡Ojo! No me refiero únicamente a las ideas políticas o religiosas que son ajenas. Me refiero a las ideas que tomamos en algún momento como propias y que no cuestionamos porque en serio creemos, con toda honestidad, que son nuestras.

El asunto es que, cuando leemos, inevitablemente sucede algo particularmente interesante. Las ideas que trae el libro no son necesariamente las que elabora mi mente.

El rollo es que cuando la mente lee, interpreta, y las interpretaciones son, de hecho las que te cambian las ideas y las creencias.

Pongamos el ejemplo que puse arriba… “soy una mujer de cuarentas, en una playa de Centroamérica, gordilla, morena, latina… Pero por dentro, en mi mente, cuando estoy leyendo, soy un guerrero vikingo partiendo cabezas con un hacha”.

El rollo es que no es que veo a un guerrero vikingo partiendo cabezas… El rollo es que me convierto en él. Lo mágico es que vivo en las emociones, los pensamientos y las sensaciones de un vikingo de hace mil años. Y lo más surreal y fantástico no es eso… Lo más genial es que lo comprendo.

Un buen autor tiene la capacidad de hacer un personaje al que comprendés. Con quién te podés relacionar. 

Digo… Yo soy pacifista, al día de hoy mis hijos me reclaman que no los dejaba ver Dragon Ball Zeta por violenta… Y sin embargo, me encanta vivir los sonidos dramáticos de un campo de batalla, imaginar el olor de la sangre combinada con el hedor de las heces de los caídos, me apasiona internarme en el terror de momentos definitorios cuando es tu vida o la mía. Tu familia o la mía.

Eso no me lo da la serie “Vikings” aunque me parezca genial. En Vikings sólo veo, -si son buenos actores- puedo intuir lo que piensan o sienten.  Pero es que cuando leés estas en el personaje. ¡Sos el personaje! ¡Y entrar en la mente del guerrero es otra historia!

Pero incluso al márgen de lo fascinante que resulta, la lectura nos da otro regalo, infinitamente más valioso: Da la comprensión. Da la empatía. 

Y cuánta más empatía tengamos los seres humanos, más cerca estamos de la Paz.

Pero va también más allá.

Me sirve para auto-conocerme. Y aqui ya estamos en el territorio de lo trascendente.

Sigo con el ejemplo del guerrero vikingo éste… ¿Qué pasa cuando estoy en el campo de batalla? Pasa que el guerrero me sorprende. Viene con soluciones inimaginadas. Recuerdos que no sabíamos que tenía, tormentas internas que lo hacen más o menos cobarde, tristezas profundas, rabias infinitas… Me lleva de su mente a sus acciones y de vuelta. Me lleva de su miedo a su valor, de su rabia a su ternura, de su amor a su odio.  Y ése campo de batalla interno es justamente lo que tenemos Olaf y yo en común.

Porque es en ésas emociones tan profundamente comunes en que nos encontramos y nos abrazamos a través de mil años de historia, dos personas tan distinas como puede ser Olaf el Noruego y Olga la tica.

Me veo en él… y quizás, de alguna manera, él también me mira a mi. 

Y aqui sólo pongo un personaje, una historia, una idea… Han habido miles de personajes que se han integrado a mi mente. De todo tipo de colores y deseos, con miedos de todos los estilos y sabores, con sueños de aromas distintos. Cada uno le ha abierto un huequito a mi mente, una forma de vivir, pensar y sentir distinta a la mía. Cada uno abrió la puerta a la comprensión del ser humano como tal. Y de mi misma, inevitablemente. 

Y conforme las paredes construidas por la genética, la educación, la historia personal, las inseguridades y otro montón de yerbas similares han ido cayendo, lo Ilimitado crece y se fortalece. 

Y entonces tengo espacio para extender los brazos y abrazar sin miedos a todo lo que en éste Universo infinitamente diverso no es “yo”.

 

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